La India, una sonrisa rota

Hace una semana llegue de uno de los viajes que más me han impactado emocionalmente, la India.

 

Hace unos meses, un amigo nuestro Ravi, nos dio la maravillosa noticia que se casaba y que lo hacía en la India ya que él y su ya esposa Divya son de origen hindú. Muy emocionados pusimos la maquinaria en marcha para organizar un viaje que nos apetecía muchísimo desde el principio. Los detalles de la boda, los contaré en el próximo post. Hay tantas cosas que contar que bien se merece un post en exclusiva. Lo que si os puedo asegurar es que si os invitan a una boda en la India, vais a vivir una experiencia cultural maravillosa.

La boda era de martes a jueves en Bombay, así que decidimos ir el fin de semana de antes a Nueva Delhi para aprovechar y conocer alguna ciudad más de la India. Lo que más nos llamó la atención nada más aterrizar en el aeropuerto de Nueva Delhi es la fuerte contaminación que había en la ciudad. Si normalmente Delhi es una de las ciudades con mayor índice de contaminación del mundo, justo la semana que nosotros fuimos estaban en alerta máxima ya que el índice estaba 9 veces por encima del máximo seguro.

La India: Contaminación en Delhi

Cuando os digo que el cielo era gris y que no veíais a más de 20 metros no os exagero. Nunca, en mi vida había estado en un lugar en el que me costará respirar tanto. De hecho, en el periódico del día siguiente, pudimos leer que estar un día en Delhi era el equivalente a fumarte 50 cigarros… así que os podréis hacer una idea de lo que os estoy hablando.

La India, Familia en moto

Otra de las muchas cosas que nos llamo la atención fue el caos que tienen en cuanto a circulación se refiere. Allí no hay reglas, no hay señales, no hay glorietas, no hay nada. Vimos una familia de cuatro personas, uno de ellos un recién nacido, en una misma moto, donde sorprendentemente solo llevaban casco los adultos. En otra ocasión, vimos un tuc tuc (taxi de allí) con más de 8 ocupantes dentro, en fin, no hay reglas, no hay control de nada.

Cada paso que das literalmente te estas jugando la vida, casi no hay pasos de cebra y circular por la carretera se hace una aventura digna de película. Todo son pitidos, es la ley del más fuerte (o del más valiente). Si vas a conducir por Delhi ármate de valor, paciencia y mete el morro, sino será imposible que llegues a tu destino.

 

Ese día llegamos por la tarde bastantes cansados del viaje, pero también estábamos deseosos de conocer la ciudad así que nos dimos un paseo para buscar un sitio para cenar. Preguntando en el Hotel, por cierto nos quedamos en el hotel Lalit New Delhi y muy bien, nos dijeron que estábamos a pocos minutos andando de una plaza llena de tiendas y restaurantes. Efectivamente, echamos a andar y en breve llegamos a dicha plaza: Connaught Place. Es una enorme rotonda atravesada por varias calles y en cuyo circulo exterior podemos encontrar una multitud de tiendas y restaurantes.

Nos dimos un paseo por dicha plaza hasta que una de las calles nos llevó a un restaurante llamado Pind Balluchi. La verdad es que nos sorprendió gratamente. Teníamos bastante miedo de ver dónde nos íbamos a meter, y al final decidimos bien. Hay que tener en cuenta que Delhi es muy caótico, y la mezcla de los olores, la contaminación, los sonidos la hacen muy particular. Lamentablemente Delhi es una de las ciudades más pobres de la India, y no es sorprenderte ver niños en los semáforos, calles, por todas partes pidiendo. Eso realmente te parte el corazón.

Al día siguiente, y previo madrugón, nos fuimos a Agra que está a poco más de 230 km de distancia. Nos despertamos a las 4:30h de la mañana, ya que nuestro guía, Ishwar, venia por nosotros a las 5. El hotel nos preparó unas cajitas con el desayuno, y con mucha ilusión nos pusimos camino a Agra, el Taj Mahal nos estaba esperando.

El transfer nos dejó a pocos metros de la estación de tren de Delhi, ya que el caos de tráfico que había en los al rededores lo hacía prácticamente imposible.

La India: Estación de tren de Delhi

Conforme íbamos andando y llegando a la estación, cada uno con su cajita del desayuno en mano, un nudo se iba formando más grande en mi estómago. Nunca había visto tantísima gente durmiendo en una estación de tren, familias enteras, niños, ancianos, todos en el suelo. Los que eran afortunados tenían alguna pertenencia, los que no, ahí estaban, tendidos en el suelo, con sus ropas rasgadas intentado conciliar el sueño bajo los pitidos incesantes del tráfico ensordecedor de Delhi, sin nada más, que ellos mismos y su propia alma. Esta estampa, se quedo marcada en mi mente, y esto no había hecho nada más que empezar.

Nos montamos en el tren, cogimos el tren de primera clase, los de segunda clase, son aquellos que seguro habéis visto, donde la gente va apelotonada, sin aire acondicionado, unos encima de otros…inhumano. De camino ya montada en el tren, nos cruzamos con uno de esos trenes que acabo de describir, pero no pude ni hacer foto de lo impresionada que me quede y por la falta de todo que me parecía esa imagen. Volviendo a nuestro “lujoso” tren, nos ofrecieron algo de comer, zumos y agua. Ya os digo, que a mí se me cerró el estómago, los olores y la impresión de ver a tanta gente durmiendo en la estación de tren se me quedo grabada.

Tren de la India primera clase

Por fin llegamos a Agra, tenía muchas ganas de ver el Taj Mahal desde pequeña y estaba a unos pocos minutos de hacer ese sueño realidad. De nuevo, la cruda realidad azotó nuestras caras cuando bajamos del tren. Como es un destino muy turístico, la cantidad de gente pidiendo en las inmediaciones del tren se duplicaron, niños suplicando algo de comer, un señor en silla de ruedas con los pies gigantes, madres con sus hijos recién nacidos en brazos. Como la mayoría no habíamos desayunado, dimos comida a quienes venían pidiéndonos, pero como nos empezaron a rodear y no nos dejaban andar, el guía nos dijo, que lo diéramos más adelante ya que íbamos a ver con total seguridad más familias necesitadas.

Unos minutos de autobús y nos encontramos en el Taj Mahal. El guía nos contó la historia de este precioso mausoleo, no os voy a contar toda la historia, ya que está en mil sitios de internet pero a grandes rasgos fue construido por un emperador mogol para enterrar a su última y favorita mujer que falleció al dar a luz a su última hija.

Taj Mahal

Para acceder al Taj Mahal accedimos por una de las 4 puertas que dan acceso. Ahí estaba, impoluto, blanco, impresionante. Una maravilla de mármol blanco que eclipsa a todo aquel privilegiado que tiene el placer de contemplarlo. Rodeado de jardines y fuentes lo que hace más maravilloso si cabe el recuerdo de una de las siete maravillas del mundo, declarado Patrimonio de la Humanidad.

Del Taj Mahal fuimos a visitar el Fuerte Rojo de Agra. Hubo a quien le impresionó más el Fuerte que el Taj Mahal, y no es para menos, ya que nos encontramos con una mezcla de palacios y edificios señoriales de arenisca roja, rodeados por unas enormes murallas que nos lleva rápidamente a pensar en la grandeza de aquella época.

Una de las cosas curiosas que encontramos en el Fuerte Rojo, es que el emperador que mandó su construcción, al igual que la del Taj Mahal, Sha Jahan, fue encarcelado en una de sus estancias por su propio hijo. El emperador quería construir un Taj Mahal en negro, similar que el que mando construir para su esposa, pero su hijo se opuso ya que lo veía como un derroche de dinero. Tras fuertes discrepancias entre padre e hijo, el hijo le encarceló en el propio Fuerte Rojo. El emperador paso el resto de su vida, cuidado por su hija favorita y mirando por la ventana el Taj Mahal recordando a su mujer.

Después del Fuerte Rojo, el guía nos llevó a una fabrica de incrustaciones de piedras preciosas, donde vimos auténticas maravillas y después a comer. Por el camino, vimos a un niño de no más de 4 años con su hermana pequeña en brazos, nos pidió comida y decidimos darle todas las cajitas de desayuno que todavía teníamos, el pequeño no pudo más que con dos, pero más adelante vimos al que debía ser su padre, y le dimos el resto con algo de dinero y algunas cosas para los niños. Nunca olvidaré la cara de esos niños, ni de ese padre, simplemente no tengo palabras para describirlo.

Las emociones fuertes, no habían acabado. La última visita de nuestro día en Agra era para el Orfanato de la Madre Teresa, Sister Of Charity en Agra. Era curiosa la tranquilidad que se respiraba al cruzar la puerta del orfanato. Rodeado de locura y caos, el orfanato era tranquilo, un lugar de paz. Allí había niños de todas las edades y de todas las condiciones. Había niños huérfanos, niños que sus padres no los podrían mantener y los enviaban allí, o niños enfermos que no tenían quienes se ocuparan de ellos. La verdad, es que esas 8 hermanas, hacen una labor espectacular. 8 mujeres que han entregado su vida al servicio de otros haciendo una obra maravillosa.

La India: Fuerte Rojo
La India: Orfanato Madre Teresa

Nos dijeron que tenían en ese momento 248 niños en ese orfanato, y aunque parezca contradictorio, son 248 niños privilegiados porque están ahí, con un techo y con algo de comida. A mi me costó entender esto de privilegiados, cuando llegamos al ala dónde estaban los enfermos mentales, una de las niñas se puso a cantar la canción de “volare” que seguramente alguna voluntaria italiana le enseñaría en alguna visita.Ese momento, ha sido de los más duros que recuerdo.

 

Me derrumbé al ver la felicidad con la que esa niña cantaba, esa niña que no tenia nada, que estaba rodeada de pobreza y caos, esa niña que cantaba feliz. Simplemente no pude aguantar las lágrimas y millones de sentimientos encontrados invadían mi interior. ¿Qué derecho tengo yo de quejarme de nada? En ese precioso minuto, me di cuenta de lo injusto que es la vida, de lo afortunados que somos, los que vivimos en países desarrollados, que tenemos familia, que tenemos salud, que tenemos un abrazo cuando nos hace falta. En ese preciso momento, me di cuenta que incluso sin tener nada, sin tener a nadie, siempre es un buen momento para entonar una canción e intentar sobrevivir a esta linda locura llamada vida.

 

 

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